01/05/2025
Estos días, leyendo las historias de algunos colegas (y mirando la mía también) me di cuenta de algo que une todos los caminos: la resiliencia.
No importa cuán distintos sean los estilos, las técnicas o los trayectos, todos compartimos ese momento en el que pensamos en dejar todo.
Días en los que todo pesa, las ganas, los sueños, el cuerpo.
Días en los que uno no sabe si llorar o enojarse con todo, en los que la vida parece más injusta que nunca y lo único que queremos es soltar, abandonar, rendirnos.
Y lloramos.
Y después de llorar, respiramos. Y en esa respiración aparece una chispa pequeña, pero real.
Esa chispa se llama resiliencia.
Nuestro camino lo dice todo, al principio todo es entusiasmo, queremos dominar la técnica, lograr que nuestras manos hagan magia con el metal. Pero cuando no sale, cuando nuestra pieza se resiste, queremos abandonarlo todo, incluso romper lo que con tanto amor intentamos crear.
Y cuando por fin superamos eso, aparece otro tipo de dificultad: hacernos visibles, entender las redes, las ventas, la tecnología...
Parece que siempre hay algo más, algo nuevo, algo que no controlamos.
Es ahí donde entra la resiliencia, en elegir no rendirse, en recordar por qué empezamos y en volver a mirar hacia nuestro horizonte, ese que alguna vez trazamos con ilusión.
Porque sí, la vida puede ser dura… pero también puede sorprendernos.