02/04/2026
En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba recostado a su lado en la mesa. Se volvió hacia Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?. Jesús le contestó: "Voy a mojar un trozo de pan en el plato. Aquel al cual se lo dé, ese es".
Juan 13, 21.23.25-26
Jesús no se sentía bien. La atmósfera del Cenáculo estaba cargada de electricidad, algo había en el ambiente que no le permitía respirar libremente en aquella noche única.
Las palabras de Jesús revelando la traición, tuvieron el efecto de un rayo que cae en medio de un rebaño: sorpresa, incredulidad, espanto.
Se miraban unos a otros.
¿Cómo podía ser?
En una noche de plenilunio, en medio de la celebración más feliz del año, ¿podían esconderse puñales afilados disimulados bajo el manto de la amistad?.
Hubo preguntas: ¿acaso soy yo?..
Era Judas, misterio infinito, enigma insondable en cuyos abismos la libertad naufragaba una y otra vez entre oscuros instintos y frustraciones insuperables, enigma humano tallado en la tiniebla; su presencia en el cenáculo fue como un cortocircuito en la corriente pascual de aquella noche.
Llegada la hora de la consumación, Jesús, como un diestro estratega que había hecho converger los caminos y las circunstancias en el punto y la hora señalados por el Padre, dio la orden de partida para la gran epopeya de dolor y amor entregando a Judas un trozo de pan mojado, mientras le decía: "Haz pronto lo que tengas que hacer". (Jn.13,27).
Al desaparecer Judas en las sombras de la traición, el Pobre sabía que disponía de muy poco tiempo, "se conmovió en su interior" y comenzó a sentir en su cuello las garras de la muerte inminente.
Extractado del L. El Pobre de Nazaret
P. Ignacio Larrañaga
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